¿Salvajes o civilizadas?

29 diciembre, 2014 I Compartir:   

Como antropóloga médica, mi principal campo de investigación y trabajo se ha enfocado en los modelos de atención de nacimiento. En el marco de mi trabajo, hace unos días volví a leer “Un Mundo Feliz” de Aldous Huxley, el clásico de 1932 donde el autor imaginó cómo sería el mundo del 2500. Huxley describe una sociedad aparentemente democrática que no es más que una dictadura perfecta donde todos los niños son concebidos en probetas y están genéticamente condicionados para pertenecer a una determinada categoría de la población. Un mundo donde los seres humanos nacen artificialmente y donde solo los “salvajes”, mantenidos en reducciones, dan a luz naturalmente.

Esta obra que en 1932 parecía completa ciencia ficción, ya no lo es tanto, y nos habla de un mundo que no es ni tan lejano ni tan fantasioso. Nos habla de la distinción entre lo que se considera “civilizado” y “salvaje”. Sin ir más lejos, la semana pasada una amiga me contó que al pedirle a su equipo médico que la acompañara en un parto natural, le respondieron que eso era “incivilizado, prehistórico”. Interesante. En esta lógica, lo “natural” (sin uso de tecnología) se opone a lo que sería “civilizado” o “cultural”: el dominio de la naturaleza por medio de los avances tecnológicos. ¿Pero hasta dónde extendemos ese dominio?

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En Chile tenemos uno de los modelos más intervencionistas y medicalizados de atención del nacimiento en el mundo. Estamos entre los tres países del mundo con la más alta tasa de cesáreas: alrededor del 40% salud pública, y sobre el 70% en salud privada (de aquí surge una interesante pregunta: ¿las mujeres que pueden pagar por servicios privados de salud tienen más complicaciones para dar a luz?). El promedio es alarmante: en Chile el 50% de los niños y niñas nacen por vía de cesárea. Estas cifras debieran preocuparnos, en el contexto de que la Organización Mundial de la Salud plantea que ningún país debiera superar el 15% de cesáreas.

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Se ha probado que la excesiva e innecesaria intervención del nacimiento tiene muchas consecuencias negativas para la salud tanto de los bebés como de las madres, y que incide en la complicación de los partos causando la necesidad de más intervenciones y de operaciones cesáreas. Ahora bien, cuando el uso de tecnología es necesaria, ¡es maravillosa!, pues salva vidas. Pero la estamos utilizando de forma indiscriminada y sin reflexionar adecuadamente sobre sus consecuencias. Las intervenciones como la inmovilización de las mujeres en las camas, conexión a vía venosa, administración de ocitocina artificial para acelerar los trabajos de parto, rotura artificial de membranas, episiotomía, prohibición de que las mujeres ingieran líquidos o alimentos durante el trabajo de parto, posición de espaldas (litotómica) en el parto, separación temprana de madre y bebé, entre otras, ya no cuentan con evidencia científica que las respalde. Al contrario, toda la evidencia actualizada recomienda que se dejen de practicar, y que se promuevan partos respetados en los que las mujeres y sus familias sean las protagonistas.

Somos naturaleza y cultura, o naturaleza en cultura. Y es hora de que reflexionemos sobre ello.

Michelle Sadler | Académica MADA